miércoles, 12 de febrero de 2014

ALGO TAN GRANDE COMO EL CIELO Y LAS MONTAÑAS, Y TAN PEQUEÑO COMO UNA GOTA DE ROCÍO.
Humahuaca-Iruya-San Isidro (12-13 febrero 2014).

Había llegado el día del aniversario número 161 de la fundación de mi natal Puerto Montt cuando Wayra dejó caer sus ruedas sobre los suelos de Humahuaca, unos 45 kilómetros más al norte de Tilcara. Este lugar, formaba parte de una importante red comercial hacia el Alto Perú y posteriormente en el siglo XIX fue escenario de importantes batallas en la Guerra Gaucha, lo cual quedó inmortalizado en el Monumento a la Independencia ubicado en lo alto de la ciudad. Con calles angostas y empedradas, típicas construcciones de adobe y gozando de una gran tranquilidad, caminar por sus calles es un verdadero placer.


Cuando recién partíamos este viaje Diego “Negro” Gómez siempre nos contaba sobre su experiencia a un pueblo mágico en el norte de Argentina “donde se podía estar sobre las nubes” y  disfrutar de una inolvidable carbonada  al llegar. El nombre del lugar: San Isidro.

El sol se presentaba intenso, el tiempo avanzaba lentamente y los deseos por internarse en las montañas iban en aumento, por lo que nos organizamos junto a Angela, Celestita y Diego para alistar nuestras mochilas y tomar el transporte hacia Iruya, localidad donde debíamos pasar la noche para caminar a San Isidro al día siguiente. Compramos nuestros boletos y nos subimos al bus. Tras abandonar Humahuaca, poco a poco la ruta cambia haciéndose cada vez más sinuosa, los paisajes más hermosos y nuestros corazones vibraban con mayor intensidad producto de la altura que íbamos ganando y la adrenalina que se libera al mirar desde la ventanilla hacia abajo el precipicio que nos espera en caso que algo falle. Pasadas las curvas, hicimos una parada obligada en un río para ver cómo maquinaria pesada despejaba el camino y nos abría paso hacia Iruya, que se distinguía a lo lejos. El frío se hacía sentir cuando descendimos del bus a la entrada del pueblo. Conseguimos un hospedaje en la parte alta tras subir empinadas calles y numerosas escaleras que parecían nunca acabar.

Con la noche de testigo, nos levantamos y descendimos hacia la plaza principal, para luego seguir ruta por caminos de tierra donde podíamos ver algunas casas de pobladores que nos saludaban alegremente cuando nos veían pasar.  Más adelante, llegamos al río donde comenzamos una larga caminata a un costado de éste o subiendo y bajando grandes piedras o por delgados caminos de tierra. A medida que avanzábamos se veía en el fondo San Isidro como colgando de las montañas. Caminando cerro arriba, llegamos a las calles empedradas de este mágico lugar donde el tiempo parece detenerse. Al final de ésta un letrero nos indica el comedor donde pudimos probar la anhelada carbonada y unas deliciosas empanadas criollas. Un pequeño recorrido y emprendimos nuestro regreso a Iruya por algunas horas. El bus llegó y debíamos partir, momento justo para recordar los versos de León Gieco: adiós pueblito de Iruya, rincón de los manantiales, jazmín hermoso florido.


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