domingo, 23 de febrero de 2014

CHOLA MALA.
Potosí (23-28 febrero 2014)

Potosí se encuentra a unos 4090 metros sobre el nivel del mar, siendo su altura mayor que la presente en La Paz situada a unos 3640 metros sobre el nivel del mar. Siendo nuestra primera gran ciudad visitada en Bolivia, notamos una marcada diferencia con lo observado las semanas anteriores en Tupiza y Río Blanco: grandes construcciones principalmente de carácter religioso, hermosa arquitectura de siglos pasados, alta cantidad de gente local y turistas transitando pausadamente por estrechos pasajes (producto de los efectos que produce la altura), una intensa actividad económica en sus mercados y calles, todo lo anterior siendo permanentemente observado y dominado desde lo alto por el Cerro Rico, ícono de la ciudad en siglos pasados y el presente.

Descubiertas de forma casual en el siglo XVI, desde las vetas de plata en el interior del Sumac Orcko (“cerro hermoso” en lengua quechua) los mineros (en su mayoría indígenas) extraían tales cantidades de plata, que se llega a decir que hasta las herrraduras de los caballos eran de este material. Con el paso del tiempo se convirtió en la mina de plata más grande del mundo, provocando un acelerado crecimiento de la ciudad hasta su devacle en el siglo XVII, auge que costó una gran cantidad de vidas debido a la sobreexplotación de los trabajadores. En la actualidad la actividad minera en el cerro es escasa y fue reemplazada por la actividad turística. Es de esta manera que es posible visitar la mina mientras los trabajadores se encuentran en sus labores del diario vivir, lo que nos permite observar en primera fila su “esforzado trabajo” (por decirlo de alguna manera suave), las malas condiciones laborales (que sobrellevan bebiendo alcohol potable de 96°), sus historias familiares, sus anécdotas, sus tradiciones (como la veneración “a los tíos”), en una experiencia que de seguro marcará hasta al más fuerte.


Mientras en el día salíamos a recorrer la ciudad y aprovechábamos la oportunidad de ir a tomar una ducha en un hostal en la parte alta gracias a un acuerdo que se logró con la administración (algo que agradecían principalmente nuestras compañeras luego de estar una semana sin este privilegio en Río Blanco),  por las noches nos juntábamos en el bus para conversar, organizar los días siguientes con votación incluida respecto a la visita del Salar de Uyuni (donde se decidió finalmente ir directo a Oruro), revisar la economía del grupo, comer unos chorizos que descubrieron algunos compañeros (y que les recordaban su natal Argentina), además de esperar la apertura del mirador Pary Orcko para poder ir a disfrutar de la cerveza a mayor altura del mundo, tanto por la ubicación del mirador como por el lugar donde se fabrica. Desgraciadamente en los días de nuestra estadía el mirador no abrió sus puertas, así que una noche nos organizamos en grupo y subimos a las cercanías de éste, sentándonos en el pasto para disfrutar de un buen momento, una refrescante cerveza local y la vista privilegiada que se tiene de la ciudad. Resultó una jornada maravillosa, una especie de despedida de la ciudad y el inicio de lo que se venía.


Al otro día habíamos acordado nuestra salida con rumbo a Oruro para celebrar el carnaval que se avecinaba. Como desconocíamos el camino para salir de la ciudad, íbamos preguntando a la gente y siguiendo sus indicaciones, avanzando poco a poco en las transitadas calles donde Wayra dominaba a la gran mayoría de los pequeños autos y transporte interurbano. A pesar de nuestra lentitud, de manera sorpresiva nos vemos involucrados en un accidente automovilístico al ser alcanzados en un costado por un transportista. Rápidamente algunos compañeros bajan del bus y se acercan al chofer, el cual intenta culpar a Pablo del accidente. Sin comprender la inesperada situación que estábamos viviendo y con un notorio daño en el bus, se espera la llegada de la policía nacional. Cuando ésta acude al lugar, cada uno explica su versión de los hechos y son llevados a declarar a una estación cercana. Mientras Pablo intenta solucionar el problema, nosotros permanecemos en el bus esperando se arregle la situación y nos unimos a la “guerra de bombas de agua” que los niños de la ciudad desarrollaban por esos días con motivo del Jueves de Comadres. Al regresar, Pablo nos cuenta que el conductor del otro vehículo manejaba sin licencia y por lo tanto el problema se había acabado. Producto de la pérdida de tiempo que tuvimos, decidimos quedarnos un día más en la ciudad y disfrutar del Jueves de Comadres junto a la gente local.

Se postula que el Jueves de Comadres tiene su origen en España y fue traído a estas tierras por los colonizadores desde el Viejo Continente. En el pasado, este día correspondía a uno de los pocos en los cuales las mujeres podían divertirse sin los límites impuestos por la sociedad de la época. Actualmente se realiza cada año previo a los carnavales, en la época de las cosechas, símbolo de la fertilidad y, con ello, el despertar sexual de las mujeres solteras. Esta tradición tiene el fin de afianzar lazos de amistad y concordias entre las familias ya sea por medio del intercambio de regalos o a través del madrinazgo, acto en el cual se elige de manera voluntaria a una persona que no es un familiar consanguíneo para que haga de sustituta en caso que la madre fallezca.

El año anterior en mí estadía en la ciudad había sido sorprendido con bombas de agua por parte de los niños con motivo del Jueves de Compadres (símil masculino del Jueves de Comadres), pero no había participado activamente en ésta debido al poco tiempo que tenía para conocer la ciudad, por lo que no dejaría que me pasara lo mismo esta vez. Luego de estacionar a Wayra en un lugar a la salida de la ciudad, subimos hacia la feria junto a Giovanna, Patricia y Rodrigo para vivir junto a la comunidad de esta fiesta. En las inmediaciones del Mercado ya se podía sentir el ambiente festivo con la música que llegaba hasta nuestros oídos mientras comíamos algo en las calles aledañas para no tener el estómago vacío y evitar posibles consecuencias de la fiesta.

Una vez en las cercanías de la feria, nos encontramos con las calles llenas de adornos, muchas cervezas en cajas y en el piso, animadores con micrófono en mano y parlantes a sus espaldas donde se escuchaba música a gran volumen y se animaba a la gente para que se una a la fiesta, locatarios con sus negocios abiertos celebrando al ritmo de cervezas y una bebida local que desconocíamos hasta ese momento. Compramos un par de cervezas y nos unimos a un grupo de locatarios que nos invita a compartir con ellas, invitación que es acompañada con un primer vaso de singani(bebida alcohólica correspondiente al aguardiente de uva Moscatel de Alejandría que se elabora principalmente en el valle central de Tarija) para cada uno de nosotros, el cual agradecimos y bebimos rápidamente. Entre conversaciones, bailes, cervezas y una gran cantidad de vasos de singani continuamos las horas siguientes, transcurso en el cual finalmente quedé siendo el único que bebía los vasos de singani que nos ofrecían(y que por temas de respeto no podíamos rechazar), debido al retiro de Rodrigo del lugar y sumado a que Pato y Giovanna no querían beber más. Todo iba de gran manera hasta que de pronto comenzó a llover y nos tuvimos que retirar de la fiesta,  instante en el que dejo de bailar y se me vienen a la cabeza las consecuencias de la abundante ingesta de singani.


Acompañado de Patricia, emprendo el regreso a Wayra, haciendo antes una pausa a un baño que nos indica un niño que encontramos en el camino. Cuando llegamos al bus, que en ese momento no sabía dónde estaba estacionado, comienzo a cantar el coro de la canción “Bailan las Rochas” de Nene Malo que estaba de moda por esos días pero con una letra un poco distinta. Relacionando la canción con lo vivido en la fiesta de las comadres, cambio la frase “Ne-ne-Ma-lo” por “Cho-la-Ma-la”, lo que provoca una gran risa en mis compañeros en ese instante y a lo largo del viaje. Acostado en mí “cucheta”, pido a Patricia que me despierte más tarde para volver a la celebración que se extendía hasta altas horas de la noche, solicitud que no sería llevada a cabo. Al día siguiente despierto con una insólita situación: un corte en la parte baja del pie, un vidrio del bus quebrado y mi compañero de viaje Diego “Negro” Gómez presentaba el brazo cortado. Me comentan que la noche anterior empujé a Diego hacia el vidrio, teniendo como resultado la rotura del vidrio en Wayra y el corte en su brazo. Hablo con él de la situación, le pido disculpas y acepto el pago de la reparación del vidrio en los próximos días (más adelante me contarán la verdad de lo sucedido y que no era el responsable de los accidentes ocurridos). Minutos más tarde Wayra enciende sus motores y seguimos rumbo a Uyuni para disfrutar del afamado carnaval.

No hay comentarios:

Publicar un comentario