lunes, 17 de febrero de 2014

EMERGENCIA EN LA RUTA.
Río Blanco (17-23 febrero 2014).

Luego de inolvidables días vividos en Tupiza, localidad que nos sorpendió de grata manera, retornamos a la ruta para continuar quemando kilómetros y avanzando hacia el interior del país con la intención de llegar durante el día a la ciudad de Potosí, la principal de esta parte del país y donde había estado un año atrás como parte de mí travesía junto a Jaime. La mayor parte de la ruta estaba despejada pero de igual manera Wayra iba sintiendo el esfuerzo que debía realizar debido a la altura que se iba ganando poco a poco. Después de avanzar cerca de una hora desde la salida de Tupiza, en la mitad de la carretera Pablo se preocupa por la situación mecánica del bus y logra estacionar a un costado de la carretera en el medio de la nada.
 
Un pequeño río y escasa vegetación eran testigos de nuestra emergencia en la ruta. Bajan para tratar de verificar y solucionar el problema, pero a pesar de los esfuerzos no lo logran. Estábamos varados a orillas del río Blanco, en la ruta que une Tupiza con Potosí cerca de la localidad de Ramadas con un problema mayor: falla en la caja de cambios.   


Como el problema era bien grave, tuvimos que asumir que nos íbamos a quedar en aquel lugar por una cantidad de días indeterminados pero que no serían pocos y que nos teníamos que organizar para tratar de sobrellevar de buena manera la situación. Debido a lo anterior, nos dividimos en grupos para realizar las distintas labores que demandaba la situación: algunos buscarían la solución al problema mecánico, otros quedaron encargados de las compras de alimentos, las tareas de cocina y aseo del bus. El grupo a cargo de arreglar el problema mecánico incluso viajó hasta Argentina para buscar un respuesto que no encontraba en Bolivia, pieza clave para poder reparar el problema. Mientras tanto en la ruta, la rutina era básicamente la misma todos los días: despertar temprano apenas salía el sol quedando Patricia durmiendo, ir al baño entre la vegetación cerca del río y un lavado en el mismo. Ya de regreso, Patricia y la gran mayoría de mis compañeros se habían levantado y preparábamos desayuno para todos (té servido con agua del río, con el riesgo de adquirir alguna enfermedad al estómago producto del agua). Diariamente cerca del mediodía acompañado de una compañera (que alternaba cada día) viajaba haciendo autostop hasta Tupiza, donde hacíamos compras en la gran feria local y pasábamos a ducharnos en el colegio donde Inés. De regreso con lo necesario, el grupo encargado de preparar la única comida fuerte del día se esmeraba en cocinar lo mejor posible. Caída la noche, compartíamos en grupo alrededor del fuego mientras se cocinaba la cena, disfrutando de un tradicional mate argentino, un té o un vino local.


Los días pasaban, la ansiedad por querer avanzar se iba apoderando de cada uno de nosotros y la paciencia se iba acabando. Para tratar de sobrellevar la situación descendía al río para lavar ropa o pasaba junto a Patricia, Giovanna y Gonzalo largos momentos leyendo y personificando alternadamente en parejas la obra de George Owell, titulada Rebelión en la Granja. En una ocasión también jugamos un partido de fútbol con niños de los alrededores que se acercaban curiosos a compartir con nosotros. Mientras tanto, los encargados de encontrar solución al problema mecánico viajaban constantemente entre Río Blanco y Tupiza llegando en las noches a comer y dormir, o en otras oportunidades, incluso se quedaron a dormir en los bancos de una plaza con el objetivo claro de reparar prontamente el bus y poder seguir el viaje. Adicionalmente se comunicaban con amigos en Argentina para conseguir el repuesto. Un día sacan la caja de cambios del bus, la desarman y trasladan hasta Tupiza, lugar donde habían conseguido un mecánico local que intentaría juntar las piezas y arreglar la falla que nos mantenía varados hace ya varios días.


Con la esperanza depositada en las manos e ingenio de aquel mecánico (puesto que no se pudo conseguir la pieza faltante y se debía improvisar con lo que había) nuestros compañeros van a Tupiza y regresan a Wayra con el problema aparentemente solucionado. Lo instalan en el bus y felizmente da resultado, por lo que después de casi una semana de espera, tiempo en el cual celebramos con un guiso grupal el cumpleaños número 26 de nuestra compañera Gimena Rodríguez, nuevamente el bus estaba listo para la aventura. El tiempo consumido en la espera, los consiguientes gastos de estadía y arreglo del bus, fueron en desmedro de nuestra escuálida economía viajera al realizar un importante gasto (no solo en dinero, si no también en tiempo y ánimo) sin avanzar siquiera un kilómetro.

Finalmente, el día 23 acomodamos nuestras cosas en el bus y emprendimos viaje rumbo a Potosí, a unos 200 kms de distancia, ciudad a la cual llegamos cerca de la medianoche y donde casi chocamos con el frontis de una casa debido a la estrechez de sus calles y el problema para poder girar a Wayra, que parecía un gigante. Entre todos tuvimos que empujar para lograr salir de este nuevo imprevisto y posteriormente nos estacionamos a descansar en las faldas del mirador Pary Orcko, donde se puede beber la cerveza a mayor altura del mundo. 

 

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