sábado, 15 de febrero de 2014

ENCANTOS LOCALES.
Tupiza (15-17 febrero 2014)

Estando ya en el Estado Plurinacional de Bolivia (nombre que sustituyó al de República de Bolivia desde el año 2009 bajo el mandato de Evo Morales) y, dejando estacionado Wayra en una plaza, caminamos entre las ajetreadas y estrechas calles de Villazón para dirigirnos a la gran cantidad de casas de cambio para obtener modena local y así poder comprar alguna comida y otras cosas menores que prsentaban un valor bastante menor al de los días anteriores en Argentina. Nuestra próxima parada sería la localidad de Tupiza, distante 91 kms. hacia al norte, pequeño lugar desconocido para la mayoría de nosotros y que “accidentalmente” se convertiría en un punto importante de nuestra estadía en el país.

Entrando por un puente llegamos al bandejón principal cerca de la estación de buses y estacionamos frente al Colegio Tecnológico, hecho que rompió la tranquilidad del lugar y que no pasó desapercibido. Felizmente para nuestras pretensiones, conversa con nosotros la Sra. Inés que es una de las responsables del establecimiento, quien se muestra interesada en el proyecto y consigue dejarnos ocupar los baños del recinto, lujo que no teníamos desde el comienzo del viaje y que nos permitiría tomar una ducha de la manera habitual y no dependiente de una botella de agua en el pequeño espacio habilitado en Wayra. Era un gran gesto de su parte, estábamos muy agradecidos.


Tupiza se encuentra rodeada de cerros entre los que destaca El Elefante, al cual organizamos una caminata pero que no logramos subir hasta la cima debido a que pese a la insistencia no pudimos encontrar el camino que nos avanzara y por lo tanto desistimos de la idea para emprender el retorno. Para compensar en parte nuestro fracaso en el senderismo, a lo lejos distinguimos el hermoso sonido de un acordeón, en una interpretación que rompía el apacible silencio. Nos acercamos al lugar de donde procedía, donde encontramos de pie a un joven músico acompañado de otro hombre. Sorprendido con nuestra presencia, deja de tocar el acordeón y nos saluda, al mismo tiempo que nos invita a sentarnos para conversar. Le contamos un poco del motivo que nos había llevado hasta ese lugar y lo que esperábamos para los días siguientes en la ruta, momento en el que él nos habla de su persona. Con una mezcla de orgullo y tímidez, nos relata el inmenso esfuerzo y sacrificio que realiza para estudiar música en la ciudad de Potosí, donde pasa la mayor parte de su tiempo, y que sueña con volver a Tupiza para transmitir su experiencia y conocimiento a los niños del lugar. Antes de irnos, le pedimos que nos dejara grabar un vídeo de su persona interpretando el acordeón para tener registro de este hermoso encuentro, petición a la que accede encantado. Nos despedimos agradeciendo el momento compartido y seguimos nuestro camino rumbo a Wayra, instantes en el cual con Rodrigo se nos ocurre la idea de realizar grabaciones similares en los distintos lugares que vayamos recorriendo en nuestro andar, para así poder ir capturando y mostrando a través de entrevistas a la gente del lugar, sus formas de vida, costumbres, sueños, entre otros. Desgraciadamente no logramos concretar esta propuesta, quedando pendiente para un próximo viaje.

Cerca del lugar donde nos encontrábamos estacionados, Pablo descubre una especie de cantina donde presume venden una chicha local con características muy especiales, por lo que prometemos una visita grupal para más tarde. Antes de acudir al mentado lugar y como muestra de cariño por parte de Inés hacia nosotros, prepara un almuerzo con alimentos típicos del lugar como: choclos, papas, queso fresco, habas, entre otras. Luego de disfrutar estas delicias locales y compartido este hermoso momento con la comunidad del establecimiento, nos reunimos los hombres del bus y entramos a la cantina para afrontar el reto. 


El recinto era muy peculiar: a cielo abierto, en el lugar se encuentran distribuidas una gran cantidad de mesas que dejan pequeños pasillos por donde transitar, mesas encima de las cuales los clientes acumulan baldes como lo que contienen pintura en las ferreterías, acto que hasta ese momento desconocía su significado. Las paredes del sitio hacían las veces de baño(aunque éste también existía). Nos sentamos casi al final del recinto en una gran mesa y pedimos la chicha local. Rápidamente llegó un balde con nuestro pedido y una “mitad de coco” que hacía las veces de vaso. La dinámica es similar a tomar maté: sentados uno al lado del otro, se llena el recipiente y se entrega al compañero que sigue en la mesa, quien debe beber todo el contenido y repetir el proceso. Se termina cuando se vacía totalmente el balde. La primera impresión de la chicha es desagrable: aunque se supone es fabricada con frutas como banana, todo parece indicar que estamos bebiendo vómito de algún cliente que vino antes que nosotros. Con esfuerzo logro sortear el desafío y junto a Gonzalo me retiro a descansar en Wayra antes de quedar borracho, pero sin poder evitar llevar en mí paladar el mal sabor. Nuestros compañeros que se quedaron, tuvieron la oportunidad de presenciar cómo hombres apostaban a su pareja en el juego de la rana, en una competencia que roza lo bizarro: aquel que lograra insertar la moneda en la boca de bronce del animal, se llevaba consigo la mujer de su rival. A la madrugada siguiente nos despedimos y agradecimos a Inés, emprendiendo camino rumbo a Potosí (al menos eso creíamos). 


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